jueves, 25 de octubre de 2012

Montar un bar


Si para desarrollarse como ser humano hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, lo que es el hombre lo tiene mucho, muchísimo más difícil: tiene que montar un bar.

Y es que por muchos bares que haya, que los hay, son más los bares no montados.
Los bares no montados se acumulan entre los cúmulos y los cirros, y les crece musgo en sus barras de aluminio, sus sofás tapizados, sus cojines de Marruecos.
Tanta ilusión tras la presión del codo, el cigarro, la conversación recurrente.
Tanta proyección de deseos canallas, de libertad idealizada, de dormir hasta el almuerzo.

Los bares no montados son los sueños frustrados de los adolescentes que descubren en la noche su espejo imantado, son los sueños destartalados y despeinados de esos treintañeros que añoran el sabor del miedo que da la pérdida, y son los sueños maltrechos de los que pasan los cuarenta y ven en los bares -sobre todo en los vacíos- el lugar tranquilo, la comodidad del hogar, y se acuerdan de cuando eran adolescentes, de cuando eran estudiantes, de cuando estuvieron casados y de cómo todo eso se refleja en el parqué recién encerado, se refleja en la moqueta deshilachada, se refleja en el vaho que desprende el vaso translúcido.

Los bares no montados -sueños apócrifos de antes de acostarse- suelen tener, por este orden: la mejor música, estar lleno de amigos, una luz adecuada, nórdicas despistadas, limpieza hasta en los baños, botellines bien fríos, música en directo los jueves (que suene bien y que no moleste), camareros mejor que bien pagados, exposiciones de arte (a ser posible fotográficas, y de desnudos nórdicos) y ya para terminar un rincón donde dejar e intercambiar libros.

El bar no montado es un lugar caliente y se parece más al espejo que nos mira antes de salir de cena.
El bar no montado es abstemio y hace ya doce años que no juega a las cartas.
El bar no montado nunca hizo el amor en los baños de sí mismo.
El bar no montado lo montamos mañana.
Y a tomar por culo.