jueves, 13 de agosto de 2009

Mi yo del pasado I



Hace tiempo cogí una mala costumbre, a saber: Gracias a las "notas de aviso" de mi móvil (esas pensadas en principio para poder acordarte de cumpleaños y cosas así) decidí que mi yo del pasado le mandase notas a mi yo del futuro durante el poquito rato que a mi yo del presente le diese por escribir algo.

Mala costumbre fue, no lo dudéis, porque me estuve mandando futuribles mensajes hasta el año 2048 (mucho más allá no creo que los lea) y resulta que ahora, un par de veces al mes, el pesado de mi yo del pasado viene con sus historias de siempre, del cómo estás y del cuídate mucho.

Mi yo del presente (durante el brevísimo espacio que dura la lectura del texto) tiende a perdonar el voluntarismo inconsciente de mi yo del pasado -porque entonces era tan joven- aunque se apiada igualmente de mi yo del futuro e lo mismo se pone y le escribe una nueva nota para el 25 de marzo de 2017, quién sabe.

Y así pasan mis días...

He decidido pues que mi yo del más o menos presente se dedique a seleccionar y colgar aquí los mensajitos bienintencionados que mi yo del pasado le ha ido dedicando a mi yo del futuro, no sé si me explico. Iré seleccionando cuatro o cinco de los ya recibidos, y bajo esta nueva etiqueta os los iré mostrando.

Y por cierto, a los que se os haya ocurrido pensar que para el 2048 ya habré cambiado de móvil, deciros que ese pensamiento se debe, sin duda, a que no me conocéis...

MI YO DEL PASADO I

"No tengo tiempo para decirte que a ti te sobra"
Recibido 20/12/06

"Dónde las miradas y aquel roce. Dónde las horas, dónde los fideos. Dime dónde ha quedado ya ese tiempo que aún no he vivido"
Recibido 10/01/07

"Y si piensas en volver a ser el de siempre que sepas que no podrá ser: ya sólo puedes ser viento inasible de aquellos días, lágrimas de almíbar, melocotón ausente. Eres (o serás, nunca me aclaro) la mirada estanca que está leyendo en el pasado sus impresiones de futuro"
Recibido 28/01/07

"Te doy un euro por tus pensamientos actuales...¡Ah, no, que soy yo mismo!"
Recibido 12/02/07

"No hay nada que tenga que decirte hoy. Es viernes y tienes toda la vida por delante."
Recibido 23/02/07

Líneas que cubren huecos











El Painter, en sus distintas versiones, no acaba siendo tan distinto a los cuadernos Santillana que tan bien rellenaban los huecos inertes de los veranos de mi infancia.
Sirve lo mismo para un roto que para un descosido, bien es verdad, y aunque no nos vaya a sacar de pobres lo cierto es que cumple con creces su función. Y entretiene.

Claro que también están los libros, el calor, la siesta, el rebalaje, las noches eternas y la buena compañía, sin olvidar esos proyectos de cortos que surgen al auspicio de la poca vergüenza y de unas buenas risas y que ojalá se acaben haciendo. 

Brindo por ello.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Pájaros V











Una entrega más, la quinta, de este pájaro posado encima del mar que nos mira un poco sin saber, un poco con una sonrisa (imaginaria claro, que no veas lo que cuesta doblar un pico).
Al final con aire acondicionado, con jaulas o con la brisa del mar adormeciendo las tardes, de lo que siempre se trata es de que el tiempo pase.
Hasta que tarde o temprano todos acabemos yendo a comprar tabaco, en este mundo que es como una jaula.

Y cómo diría aquel: que coño sabrá el poeta...

martes, 11 de agosto de 2009

El apoyabrazos compartido




Cosa de los diseñadores.

El apoyabrazos compartido pasa su tiempo bajo la lucha o bajo el amor, aunque con mucho gane la primera, qué fastidio.

Vive su vida en cines y autobuses, pero la pelea continua de codos y poder que vive sobre su lomo lo entristece y desgasta a pasos agigantados. 
No imaginaba de hecho al nacer mejor sitio para crecer y tener hijos: Un cine es acogedor, íntimo, con la luz tenue de las aventuras por contar. Un autobús es intrépido, veloz y normalmente cómodo, te lleva y te trae y con él van tus esperanzas. Sitios normales y con encanto donde ser feliz.
Y no estoy hablando, claro, de AVEs o de Kineópolis, que son los menos, y que en el regusto a comodidad ofrece a cada espectador, a cada pasajero, su apoyabrazos individual para disfrute mutuo de viajero y apoyabrazos.
No.
Estoy hablando de la mayoría de los cines, de la mayoría de los autobuses, donde un único apoyabrazos y dos brazos es el primer síntoma que precede a la tragedia...

Ha vivido auténticas batallas campales sobre el lino estampado que acolcha su forma. Todas empezaban de la misma manera, con un leve roce, con un tomar posiciones como quien no quiere la cosa, para acabar en lucha de codos afilados y empujones anónimos de aquí estoy yo que llegué antes y por lo tanto este es mi espacio por mucho que te duela.

Y qué culpa tiene él. Él se ofrece a ambos desconocidos brazos con el corazón en el codo y la almohadilla caliente. Él piensa que aunque le hicieran mal y el mundo sea injusto siempre hay sitio en su longitudinal encanto para repartir los contrapesos. ¡¡Y si hasta un leve e injustificado rozamiento en la oscuridad puede acabar desencadenando tormentas!! 

Otra cosa es el amor. 
A veces piensa que frente a brazos ya conocidos, amigos-novios-parejas de diverso pelaje al final él casi casi que sobra. 
Aunque en más de una ocasión haya sido soporte de pasiones, trampolín de equilibrios no tan silenciosos. 
No puede evitar encogerse cuando piensa que entre tanto movimiento alrededor suyo un pensamiento leve cruza la mente de los encendidos bailarines: "-¡Me estoy clavando el apoyabrazos!-" Y entiende que su afilado estoque, su metálica presencia forrada de buenas intenciones es una barrera -a veces necesaria pero normalmente prescindible- para que el amor fluya, se desboque e implosione.

El apoyabrazos compartido ha sido también injustamente tratado por la tecnología. La tecnología arbitraria, la tecnología indómita, la tecnología impersonal que no sabe del corazón de trapo que se esconde sobre su plataforma de metal y tornillos.
Esa misma tecnología es capaz de articular a nuestro héroe para esconderlo. 
¿Os fijáis? 
¡Para esconderlo!...
¡Si no hace falta no lo pongas, si lo consideras imprescindible manténlo pese a las presiones!, pero esa doble moral... 
Y así el apoyabrazos compartido esconde sus supuestas vergüenzas plegándose entre los dos asientos, dejando en las manos de los ocupantes (deberíamos decir en sus brazos) si es o no necesaria su presencia. Y el apoyabrazos llora inconsolable y las gotas que caen al suelo parecen siempre las del aire acondicionado.

Después de tanta ignominia no es de extrañar que quiera viajar a Tanzania y soñar con praderas de sabana que se extienden impertérritas a la tenue luz del ocaso. Cómo regañarle en sus bastos intentos de imaginar un slepping bus que cruce decidido la costa del mar meridional de la China. 
Un tornillo suelto, la falta de tres en uno, la última película de aventuras tienen la culpa del idílico paraíso que para sí mismo inventa.
Y tampoco nos extraña que en su desazón por preferir prefiera ser asiento antes que apoyabrazos, pero en eso también le ganan la partida, y son sus primos de Albacete, los apoyabrazos de los extremos, los del pasillo libre, los que igual reciben brazos que nalgas y a él lo dejan más triste que una soleá.

No hay apoyabrazos para el apoyabrazos compartido, para su fe, para su ánimo. 
Aunque si que hay noches, cuando las luces del cine se apagan y nuestro héroe queda sumido en la más absoluta oscuridad, en que un intenso calor se apodera de su alma. 
Ocurre cuando el fantasma de la película recién proyectada todavía pesa denso en el aire de la sala, cuando esa historia de amor truncado se espesa en el ambiente y recoge evaporadas en forma de nube corpórea las lágrimas derramadas en las sesiones de 16:10, 18:20 y 22:30. 
Ocurre cuando esa masa caliente de luz proyectada, cansada de su densidad plomiza, busca un hueco donde descansar y decide, que antes que en los asientos confortables que se extienden desgastados, ahí está ese apoyabrazos de frontera, ahí está ese reposa sueños longitudinal que, por qué no, es el mejor lugar donde dejar descansar los sueños imposibles.

Y ese es, sin duda, el brazo lánguido que más le gusta recibir...     
 

El coche a vapor IV


Cuarta entrega del coche a vapor. 
Aunque lo que más tiempo me ha llevado sea el decidir si esta iba a ser la toma cuarta o la toma cuatro, cosas del lenguaje, lo que sigue presente sin duda es la poca vergüenza y las ganas de estar en la playa antes que frente a una mesa de dibujo o un ordenador.

Pero así va la cosa.

Viajero más impenitente que intrépido (y que duda cabe que impertinente, eso siempre), nuestro amigo el coche a vapor se dispone en esta ocasión a viajar con una -no podía ser de otra manera- relación espacial/especial con el mundo que le rodea.
También habrá hueco para poder ayudar a los demás y que le ayuden, y cómo no para la tristeza, que, entre la desilusión y la timidez, se abre hueco para un final ciertamente impactante.

Como la vida misma...

lunes, 10 de agosto de 2009

Espejo de trazo y gesto









El grabado, al menos para mí, siempre ha tenido un no sé qué que enaltecía al dibujo y lo dotaba de un aura difícilmente igualable. 

Esa distancia de la huella, el paso intermedio del frío metal, la tinta que se cuela en lo más recóndito y que sólo sale bajo presión... Ese peso de los años que sin querer se adquiere, el reflejo inevitable de la imagen en espejo de trazo y gesto... No sé, el grabado tiene algo.

Me hubiese gustado trabajarlo más de lo que pude, aunque claro, nunca se sabe. No es que uno piense en ir comprando tórculos por las esquinas, pero no lo descartemos.
En cualquier caso el aguafuerte, la punta seca, la resina, el buril o el aguatinta conforman un mundo amigo nada desdeñable.

Así siempre podremos detener, una vez más y perdí la cuenta, el tiempo entre nuestras manos...
  

El vino del olvido


No he podido darte nunca lo que tú necesitabas.

Querías la palabra y el viento,
querías miel envejecida de años.
Querías milhojas y ventura,
acacias, estrellas y aureolas.

Querías ser feliz en cinco minutos eternos,
querías tocar el mar sólo con tu codo.
Querías pan de jengibre empapado de azúcar
en las noches desarboladas de espuma.
Querías el vino del olvido,
una tarde perdida,
el cielo envuelto en papel calabaza.

No he podido darte nunca lo que tú necesitabas.

Cómo podía
si siempre ibas
un paso por delante,
y todo lo que querías, 
mientras yo te lo buscaba,
impasible tú,
ya lo habías devorado.

domingo, 9 de agosto de 2009

Autorretrato II





Dije que habría más, pero es que esto sigue siendo más vanidad que un cumplir promesas. 
También algo hay de no saber que poner, salvo lo que uno tiene más al lado, y bastante de juguetear con miradas, espejos y nuevos objetivos.

P.D.
Nótese que la mirada interesante de la segunda foto se corresponde con la inquietante presencia de un mosquito avieso y todavía más juguetón que uno.

Y no será la última.
He dicho.

Mañana empiezo XXIII







Estas tiras son como ese folio de acetato. Tan transparentes que por un lado no engañan a nadie pero por otro resulta que casi casi ni se ven.
Pasan desapercibidas, como esa brisa de sal, como el sonido del mar cuando sin viento te bañas de arena a la orilla de la playa.
Por eso estas tiras juegan al escondite, descansan cada siete días (o al revés) e hibernan cuando todos están levantados.
Es verdad que muchas de las líneas, casi como si se hubiese caído un lápiz de entre las manos, han sido hechas de casualidad y rebotes descuidados.

Y ahí siguen...
 

viernes, 7 de agosto de 2009

"Jó, qué noche" (Multicines Gracia)



Regreso a los primeros años de reencuentro con el cine en la ciudad de Granada. 

En los Multicines Gracia, en los tres o cuatro últimos años de la década de los ochenta, confluyeron muchas películas que después, por variados y diversos motivos, han acabado formando parte de eso tan etéreo denominado la historia del cine. O al menos yo así lo considero con títulos como "Blue Velvet", "Down by law" o "Stop Making sense" que todavía guarda mi retina.

En "Jó, que noche!" confluyen varias características curiosas que hacen que la recuerde con especial cariño.
De alguna manera es lo que yo llamaría el no saber: no sabía que era de Martin Scorsese (no sabía yo, lo reconozco, en aquel entonces quién era Scorsese), no había visto "Taxi Driver" ni "Toro salvaje" (aunque no muchos años más tarde en esos mismos cines tendría la oportunidad de ver "El color del dinero" o "Uno de los nuestros"). No conocía sus actores, no sabía realmente nada de la peli.
Ese bendito desconocimiento lo añoro hoy en día. 
Entrar en una película sin saber prácticamente nada de ella y que te capture y te atrape hasta decir basta es una sensación sin duda placentera (quizá sí, la última vez que me pasó fue con "Las consecuencias del amor", algún día hablaré de ella).

Poco sabía también por aquel entonces de la bendita afición hispana a traducir libremente los títulos de las películas (cuestión que se merece no un blog y sí un libro entero), así que poco podía yo saber que el título original, "After hours" tenía, a qué negarlo, mucho más encanto.

Entré a ver "Jo, qué noche!" una tarde primaveral de 1986. 
Granada estaba tan bonita como la recuerdo -como seguro que sigue ahora- y aunque el atardecer invitaba a pasear acabé cogiendo esa maldita costumbre de aislarme dentro de una sala de cine. Hacía lo que yo llamaba "la ruta de las plazas" (de Mariana Pineda a Birambla, hasta la plaza de los Lobos pasando por Trinidad). Y no muy lejos se encontraban -y siguen estando- los multicines Gracia.

Son de hecho los primeros multicines que recuerdo. 
Ahora, "gracias" a los centros comerciales han florecido como setas, no así la diversidad de su programación.  
Los Gracia no tenían un exceso de salas (unas cinco si mal no recuerdo), y entrabas directamente a un vestíbulo desde el que accedías a unas escaleras desde donde escogías sala. 
Puede que no tengan un encanto especial pero han sido demasiadas películas y demasiadas emociones ahí dentro como para poder separar ya el grano del trigo. Aquellas taquillas, aquel vestíbulo, aquellas escaleras y aquellas salas forman ineludiblemente parte de mí.

Ver "Jo, qué noche!" sin saber nada de ella es empatizar directamente con su protagonista, en esa espiral de vértigo que supone su paseo tragicómico entre personajes estrafalarios por la noche neoyorquina. 
El desasosiego, la continua desprotección frente a lo desconocido, la vulnerabilidad mezclada con la fascinación. Kafka, comedia y esperpento en las tribulaciones noctámbulas que nos atrapan en su ritmo frenético, sosegado y constante.

La lectura de un libro en una cafetería, un número de teléfono, una bar, unas llaves. Camareros, escultoras, vida, noche y arte. Para qué dormir.

La perplejidad tan bien interpretada por Griffin Dune se convierte en nuestra propia perplejidad, en nuestra fascinación, nuestra curiosidad, nuestras ganas de que la rutina y la mediocridad cambien. Y el protagonista se arrastra en esa espiral a la que nosotros nos sumamos encantados, con miedo y ganas a un tiempo.

La película acaba, la noche termina y el día comienza de nuevo. 

Salir de ver "Jo, qué noche!" es salir del cine temprano a la mañana. Aunque hayas ido a sesión de seis, de ocho o de diez. Salgas a media tarde o ya de noche tu cuerpo, tu mente y tu vida están bajando esas escaleras al despertar del día, después de una noche intensa y sin descanso, con el cuerpo magullado y esculpido de vida y papel maché

Es noche cerrada y el día acaba de comenzar...

Esa es la magia de los multicines Gracia. 
Veinte años después volví a los mismos cines para dejarme arrastrar de nuevo por vorágines y locuras en la oriental "Deseo, peligro" de Ang Lee.
Cinco, diez, quince o veinte años después sigue ocurriendo lo mismo: salir de un cine, cuando todo ha acabado, es empezar de nuevo.

Y todo comienza.
 

Los persiguenadas





Los dibujos siempre persiguen algo.
Están los que persiguen la luna, están los que buscan el mar como locos, los que un pez, los que una estrella.
Son pocos los que buscan el amor y esos, tontos, son los primeros que lo acaban encontrando.
Hay quienes van como locos buscando, y otros que persiguen sí, pero con un poco más de pausa. Siempre van, dibujitos locos, en busca de algo.
Están los que buscan la libertad y los que quisieran escapar de los confines del folio. Tenemos a los que corren tras una idea y también, claro, a los que escapan de ella.
Hay quienes persiguen la gloria mientras que otros se conforman con rellenar los cinco minutos antes de acostarse.

Yo por dibujar acabo dibujando hasta a los que no persiguen nada. Los llamados así, "persiguenadas", que ya les vale.
Y como buenos perseguidores, tampoco sé muy bien por qué, acabo dibujándolos con un buen montón de brazos.
Algo, aunque sea nada, pillarán.
O eso espero.

jueves, 6 de agosto de 2009

Viaje a China VI (pinturas)













Hay una mezcla magia, delicadeza, simbolismo y sensibilidad en la signatura china. 
Hay mucho de dibujo, de gesto, de expresión y de encanto. Significante y significado en un baile milenario.
Algo también, a qué negarlo, de locura e incomprensión.
Pero resulta fascinante. 
La escritura convertida en arte. 
No sé muy bien si son escritos, pinturas o dibujos. Qué más da. Hay que contemplarlos y evadirse, mirarlos y soñar.
Ay, quién pudiera aprender.
Quizá algún día...

miércoles, 5 de agosto de 2009

Pájaros IV











Siempre me gustó la idea de regalar cosas ya regaladas. Sí, yo soy así de cutre
Pero es que lo más importante siempre es el gesto, y no tanto las consecuencias, o así lo creo.
Quizá algún día, quién sabe, me dé por dibujar historietas ya dibujadas. Conociéndome no os extrañe.
Estad atentos...

martes, 7 de julio de 2009

Foco













Más ilustraciones de la revista Foco, de aquellos primeros años pasados en Madrid.
Televisores que gritan, el dinero, el fútbol y los contenidos para mayores. 
Era lo que tocaba en aquella época.
Luego llegó la revista Viajar, y cambiamos las teles por los mapas, los aviones y los horóscopos.