viernes, 17 de diciembre de 2010

Las definiciones de un coche a vapor XXXIV











Vuelve el coche a vapor, que se había echado una siesta, y huele fresco el fin de semana recién llegado.
Hay locuras, plantas que crecen y se marchitan y vuelven a crecer. Hay desamor y expectación, sorpresa y mucha tierra.
Encontraremos gente que se aleja, gente que se acerca, gente que se mezcla.
Y hay un bombín.
Y un bastón.
Y mucha infancia recogida.

De bomberos XXXV



Los bomberos abren siempre puertas que conducen a pasillos.
Nunca encuentran las soluciones que buscan.
Cuando hay que concentrarse se desdoblan, si hay que estar se pierden. Nunca miraron al ser llamados ni falta que les importa.

Los bomberos llueven sus días tras un cristal blindado.
Prefieren no mojarse a entenderlo, eligen la red y duermen sobre colchones dobles.
No les pidas arrojo, porque ya están lejos.

Los bomberos dibujan la noche distorsionando la luna.
Se inventan siempre la mitad de sus conversaciones, todo lo acaban con un té mientras remueven impotentes los posos del día que termina.
No necesitan camuflaje porque lo llevan prendido al alma, y es que cayeron en la marmita siendo niños y aún hoy se siguen bañando en ella a diario.

Los bomberos no se entienden, o eso dicen.
Abren puertas que dan a más puertas, tienen miedo de lo que hay afuera, imaginan la vida que no es y se mienten más que hablan.

Está en su naturaleza la cabezonería, y no me digas que no, que te reviento.

jueves, 16 de diciembre de 2010

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Siempre en busca del siguiente









Son sólo líneas que bailan.
Son únicamente trazos que se esparcen sin pensar.
Algo de color, un poco de retoque, el blanco añadido con posterioridad.
Bastante de no pensar, de dejar respirar al blanco, de pasar rápido al siguiente dibujo.

Porque el siguiente dibujo, sólo el siguiente dibujo es lo importante.
Todo lo demás es ya pasado.

martes, 14 de diciembre de 2010

Pájaros XXXVII











Es la falta de sueño, creo, la que me hace cerrar los ojos y no ver otra cosa que no sea cama.
Creo.
En cualquier caso, cama grande, ande o no ande.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El limpiador de la Mezquita Azul



El buen hombre pasea su lento caminar por la Mezquita Azul de Estambul.
La aspiradora, antigua, como sacada de una película de la América de los sesenta, suena menos de lo que parece.
Su bolsa colgando es el hijo que recoge.

Todo es lento en la estampa. El caminar del hombre, el desplazamiento sobre la alfombra.
Compruebas que tiene inclinada su cabeza.
Está concentrado.
No logras adivinar si su imaginación vuela sobre la fría mañana de Estambul que se adivina tras el cristal o si en realidad está absorto viendo cómo las hebras de la alfombra tuercen su gesto ante la pasada exacta de su aspiradora.

Y, sin saber por qué, piensas en el tacto del terciopelo. En cómo cambia de color con las caricias.
Piensas en el suave tacto de la tela que te acoge, sientes tus pies descalzos que se hermanan con el suelo de la historia y con sus antepasados.

Y vuelves a mirarlo a él.
Un simple limpiador.
- Concienzudo - piensas.
Sabe disfrutar del ritmo exacto de su trabajo. Seguro que ha asumido e interiorizado el ritual maravilloso del escenario que lo acoge.
Y no sabes por qué y vuelves, como tantas veces, a pensar en quién fregará el Museo del Prado, antes de la apertura, incluso antes del sol, concentrado en la lejía frente a un Velázquez.
Qué maravilla.
No sé por qué somos tan egoístas de querer lo que no tenemos, pero en este momento, viendo a ese hombre pasar la aspiradora por la alfombra de la Mezquita Azul de Estambul, envidias su trabajo.

¿Por qué no podré limpiar cristales en el Madison Square Garden? ¿Porque no barnizaré las butacas de la Ópera de París?

Sabes que eres un iluso.
Tienes la suerte de poder viajar, de poder llevar tu cámara, de registrar momentos y vivir culturas. Tienes dinero y vacaciones para poder leer novelas de Auster sentado en un banco a las orillas del Bósforo y tienes la poca vergüenza de añorar un trabajo que ese hombre que ahora ves te cambiaría con los ojos cerrados.
No sé si es estupidez o inconformismo.
O el eterno querer aquello que no se puede.

Pero el hombre transmite paz. En su lento caminar por el espacio inmenso.
Y de algo tan cotidiano se desprende la belleza de tu día, y tanto valen la mezquita como el limpiador, la cúpula imponente como la mullida y limpia alfombra.

Le haces una foto justo cuando pasa por el centro de la sala, a contraluz, dejando en el encuadre la majestuosidad del espacio.
Y sin saber por qué te acercas.
No le has visto bien la cara y hay algo de necesidad en saber cómo es ese hombre, cómo sería estar cerca del trabajo de tus sueños.
Y te sigues acercando.
Y piensas en aprender turco para echar una solicitud de limpiador o incluso piensas en convertirte en aspiradora.
Y más te acercas y más claro lo tienes.
Hasta que tanto te has acercado que el hombre, concentrado hasta entonces en su lento caminar y en la pulcritud de su limpieza, alza su cabeza y te mira.
Te mira fijamente.
Y en esa mirada -incluso tú, que no eres muy espabilado- logras adivinar un "como te acerques más, te parto la cara" que hace que des dos pasos para atrás y te vuelvas avergonzado.

Y entonces igual ya no quieres ser limpiador, pero sales a la fría mañana de Estambul con una fotografía más bajo el brazo, y tus pensamientos vuelven a bullir inquietos en vete tú a saber qué dirección insospechada.


domingo, 12 de diciembre de 2010

Mañana empiezo LXXXII







La cara oculta de la luna es el sitio ideal para que se vaya de veraneo la mano indolente y vaga.
Un lugar para descansar de no hacer nada, y relajarse del estrés que produce la inactividad prolongada y galopante.
También, ahora que lo pienso, es el sitio ideal para las caricias...

Y de los recibos, las domiciliaciones y de llorar negro, ni hablamos...

sábado, 11 de diciembre de 2010

Líneas de grafito y vuelo









No hace falta conocerse mucho para saber que hay momentos (y no solo en navidad) en que hay que volver a casa.
Momentos de acumulación de tiempos, de cabezas llenas, de saturación de ideas, de sobredosis de actividad.
Para todo eso volver a casa es descansar, desconectar, evadirse y retomar el pulso tranquilo de la vida que transcurre lenta y acompasada.
Por todo eso volver a casa es necesario.

Y volver a casa es dibujar.
Al menos para mí.
Es volver al terreno conocido, al tiempo detenido, a la concentración de lo inútil, de lo maravillosamente inútil.
El dibujo es mi casa, y haciéndolo me siento como en.
Y ya puedes mirar al futuro con un poco más de indulgencia.


jueves, 9 de diciembre de 2010

Pascueros de sol y nervio



















Lo bueno (o lo malo) de no saber a qué diantres fotografiar cuando no estás de viaje, acaba resultando al final una ventaja.
¿Que te regalan un pascuero?: Pues a fotografiar pascueros.
Si encima el sol baña la mañana y los nervios de las hojas resaltan a contraluz, la tarea está cumplida.
Primero las fotos, y después se riega.
Que lo cortés no quita.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Mañana empiezo LXXXI







Hay días que no parecen domingos.
Días que se hinchan, que explotan, que se sumergen en agua clara.
Son días de sol bañados en clorofila, días de dibujos robados a la mañana, días de empezar y no acabar nunca.
Cuando un domingo es más principio que final, estamos ante uno de esos domingos.

Y también molan.

sábado, 4 de diciembre de 2010

viernes, 3 de diciembre de 2010

jueves, 2 de diciembre de 2010

Las definiciones de un coche a vapor XXXIII











Y llegamos también -siendo como ha sido la última en asomarse- a la entrada treinta y tres.
Aunque advierto: No lo hago a cosa hecha, pero si me paro a pensarlo, es para preocuparse...

Leo sin pausa las definiciones (escritas hace unos meses -todas en momentos distintos-, dibujadas hoy mismo, seleccionadas mediante un procedimiento que mejor no os lo cuento) y dichas de corrido como que da un poco de cosa: Las dificultades del camino, el bache, el doble bache, el ocaso, la enfermedad, el contagio, el malo o la maldad son sin embargo, aunque no lo parezca, reflejos de la ingenuidad y la ternura.
Y de nada más.

Porque frente a las dificultades del camino está la siesta, frente a la enfermedad el beso, tras el ocaso la noche y ante el doble bache acabamos entre las estrellas.

No hay que preocuparse mientras tengamos cielo.
Si sabemos volar, él será nuestro refugio.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Los viajes a la cocina



Los viajes a la cocina se inventaron un dos de noviembre a las tres y cuarto de la tarde.
Mañana se cumplen tres siglos.
Y fue la sal.
La sal tuvo la culpa.

Antes (hay historiadores que sostienen que el siglo XVI no existió y aunque no lo comparta entiendo su razonamiento), antiguamente, digo, se llevaba todo de golpe, en un solo viaje y, aunque resultaba más cómodo, era bastante más aburrido.
Además, potenciado por la soberbia del dinero, las clases y el machismo, al hombre medio se les escapaba qué podía ser aquello de "dar viajes a la cocina".
Menos mal que el devenir de los siglos ha traído consigo esa indeferenciación de los tiempos donde es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, necio, torpe, generoso, estafador.
Y todos pringamos.

Uno da viajes a la cocina porque siempre falta algo.
Eso es así.
Y te has sentado, y la comida está en su punto, y miras y están los cubiertos, el pan, hasta la sal que muchos otros días has olvidado, está el agua y el vaso para el agua, está un poco de cecina aunque a lo mejor no la comes, está la tabla para cortar el pan (o la cecina)...
Las servilletas.
Te has olvidado las servilletas.
En las comidas familiares siempre echas la culpa a otro con un "¿Quién ha puesto la mesa?" pero te da cosa mandar a alguien si total son sólo las servilletas y te levantas y das el primer viaje a la cocina.
Si comes solo te levantas igual, sabiendo además que la culpa es únicamente tuya.

Y ya has traído las servilletas y te sientas y coges la cuchara antes de que la sopa se enfríe, aunque sopesas si cortar primero un poco de pan.
El cuchillo del pan.
Te has olvidado el cuchillo del pan...

Los viajes a la cocina suelen ser impares y, como con las cervezas, nunca puedes decir aquello de que "este será el último".
Los viajes a la cocina suelen ser odiados porque interrumpen el sagrado y placentero momento del inicio de la comida.
Todo es ritual.
La comida necesita de sus códigos, de su concentración, de nuestros cinco sentidos en ella, y tener que levantarse por un olvido hace que se rompa la magia.

Pero a mi me gusta.
Yo defiendo los viajes a la cocina como quien defiende al primo que se ha criado a tu vera y al que consideras un hermano.
Los viajes a la cocina son mi hermano.

No quiero ser sacrílego, pero lo diré, lo diré sin tapujos: Los viajes a la cocina son como las conferencias.
Son ese espacio de tiempo neutro y espeso donde el todo se detiene y se te ocurren las ideas más brillantes, las más peregrinas, las más absurdas.
En un viaje a la cocina soñé que era una acelga, en otro me casé dos veces con la misma chica en unos futuribles veinte años, y recuerdo otro viaje en que en los apenas diez metros de pasillo (diez pasos de libertad y despiporre) construí una réplica de la Capilla Sixtina a tamaño real en la cochera de mi bloque. Y las cucarachas, eso es seguro, aplaudían tamaña gesta.

Los viajes a la cocina son el agujero negro a la décimo séptima dimensión.
Te acarician como si fueses un tendero del Mercadona, sortean tu impericia con el universo absurdo que te lleva a traer el yoghurt en vez de la sal o las servilletas.
Los viajes a la cocina son esa espiral que te absorbe y hace que vuelvas a llevar más pan y que cuando llegues a la mesa alguien te diga "para qué traes más pan si ya había pan" y tú te das cuenta que había pan y que lo que faltaba era una maldita lata de coca cola zero y que por eso has estado media hora delante de la nevera con la puerta abierta para acabar cerrándola y diciéndote a ti mismo que qué bueno era el nuevo cómic de Seth mientras coges el pan sin saber por qué y dejas atrás la nevera y todo su universo de frío y desolación.

Y es que lo mejor de los viajes a la cocina es Ítaca.
Lo mejor de los viajes a la cocina son los propios viajes que te transportan, porque cuando llegas y ya está, aquí estoy, siempre ocurre lo mismo.
Te miras y te preguntas: ¿Para qué he venido?

Y vencido y triste y con las manos vacías vuelves a comer sabiendo que aún te queda otro, el penúltimo viaje, ese que ni tú mismo crees que pueda ser el definitivo...