"¿Te acuerdas del patio de atrás de la Maquinilla?, ¿recuerdas el pantalón naranja y la camisa a juego, apenas doce años, paseando por Lisboa?, ¿te suena si te hablo de la vista contrapicada en la Calle Cristo, de la boda frustrada en tercero, del gol ciego, del ovni inventado en un banco o de la escayola que nunca tuviste?
No olvides nunca que esa infancia que ahora recuerdo nos pertenece a los dos.
Cuídamela, porfa."
Recibido el 23/05/07
"No ahorres tiempo, que andamos con un poquito de inflación en ese terreno...
Lo nuestro, ya lo sabes, es el PIB"
Recibido el 05/06/07
"¿Qué tienes pensado cenar hoy? Prepárate un chuletón, mi buen amigo, que nunca cenas chuleta..."
Recibido el 15/06/07
"No sé quién eres. Qué sentido tiene hablar contigo si no sé quién eres...
(si recibes este mensaje no es mío, es que me he equivocado)"
Recibido el 27/06/07
"Me gustaría que en el futuro no hubiese tantas luces blancas"
"Son las tres y media y me he quedado dormido. No había sueños, sólo el vacío de quien flota en mitad de la nada.
A mi alrededor saltaban animales de Frigiliana hasta el Congo dejando atrás su mirada perdida.
Todo se desvanece.
Mis cartas de lápiz blando, los sobres de acuarela líquida, las escaleras blancas de tu verano insomne y los huecos que no habiéndose rellenado nunca siempre resuenan.
Flores,
raíces,
ventoleras.
Son las cinco menos cuarto y no sé si estoy durmiendo. Hay luz colándose entre la persiana para ofrecerse al cuarto y yo bajo del cielo a la cama.
Los bomberos de a pie que vigilan, miran distraídos mi mofeta de peluche cada dieciocho minutos.
Abro los ojos y la tarde me saluda.
Miro el techo de madera, miro la mano que no me pertenece, miro la tarde herida recién recuperada, miro los libros azules que esperan en la caída, y miro -sin querer porque están ahí- esas fotos que nunca hice y que de mi cabeza salen..."
Me estoy dando cuenta que en esto del blog (y quizá también en la vida) la cosa consiste en autoimponerse todo el tiempo: Te obligas a intentar añadir una entrada al día, te dices de poner una tira cómica todos los domingos, intentas inventar 365 razones para vete tú a saber con la mínima vergüenza, y así siempre.
Creo que los viajes -las fotos de viajes- tienen también fecha de caducidad (como el blog, como la vida, como todo). Así que he pensado que diez entradas por viaje son suficientes.
Cuando visitas algún lugar son muchas las fotografías que traes en la maleta (aunque siempre serán más las de la retina), pero setenta imágenes es un buen número para poder contarlo.
Podrían ser cincuenta, podrían ser cien, así que ejerceremos de prudente hombre que tira por enmedio.
Setenta fotografías que definan un viaje. Por qué no.
Y sin quererlo esta es ya la séptima de Malí, un viaje que aún habiendo cumplido más de un año, perdura hondamente en mis recuerdos.
Los rostros de sus mujeres, los paisajes quebrados en blanco y negro, la madera tallada por el tiempo y el inmenso río que todo lo engloba.
015) Porque -la verdad- necesitaba crear una etiqueta para ir rellenando los días obtusos de mi vida y de mi blog. Y como la tierra es plana...
016) Porque el noventa y ocho por ciento de los astrofísicos son tontos.
017) Porque según fuentes contrastadas que no puedo revelar, a Dios no le gusta el fútbol. En ninguna cabeza cabe que un tipo así hiciese la tierra redonda.
018) Vamos a ver: los aviones vuelan rectos, ¿no? Pues eso.
019) Porque los que la defienden redonda lo que pasa es que llevan un globo que no veas.
20) Porque Maripuri, la misma de la razón 006, me lo ha vuelto a decir, y no es de las vecinas más pesadas.
Tenía que ocurrir y ha ocurrido: tarde o temprano repetiría cine, y qué mejor que hacerlo con esta película.
Con esta delicia.
No me importa -además- reconocer que no la vi en el momento de su estreno. Si hubiese sido así habría ido más de un día, seguro.
La vi gracias a un ciclo que se inauguró aquel verano en la Fimoteca Nacional, ubicada en el madrileño Cine Doré, ciclo que aún hoy continúa todos los veranos y que lleva por título "Si aún no la has visto".
Y yo fui, aquel verano de 1995 porque, efectivamente, aún no la había visto.
Y lo que vi fue un cine casi vacío, Madrid en verano, a primera sesión de cuatro de la tarde.
Y lo que vi fue cómo las luces del techo se iluminaban precediendo a la magia que estaba a punto de producirse.
Y lo que vi, lo que sentí, lo que me atrapó aquella tarde fue la historia (bueno las historias, bueno la historia, bueno yo me entiendo) que se proyectaba ante nosotros.
Chungking Express son dos historias pero fundamentalmente es una historia (la segunda, claro).
Unidas casi por un roce, la primera actúa de preámbulo inquieto para aposentarnos incrédulos y extasiados ante la segunda.
Las dos historias son historias de amor, pero con la segunda no hay quien pueda.
Arrastrados en la vorágine de ensaladas en puestos callejeros, llaves que abren puertas, aviones y azafatas, policías pardillos y dependientas fascinantes, nos dejamos llevar en esta historia-viaje hasta donde nos lleven. ¿Hasta California? Quizá hasta el cielo.
Hacía calor en Madrid. Calor como el de este verano, calor como el de todos los veranos. Un calor que agota y adormece, un calor que puede con casi todo.
Menos mal que inventaron los cines, tan necesarios en el día a día, absolutamente imprescindibles en verano.
Contra el calor: la magia. Contra la desidia: los sueños.
En la mitad de la década de los noventa yo no podía saber ni por asomo los viajes y las latas de piña caducadas que habría de comerme en adelante, pero veía aquellos juegos cotidianos (el trapo que llora, cambia y se encoge, los muñecos de peluche que ya no son los mismos, correr para sudar en vez de llorar), veía aquellos juegos como quien lee a Cortázar sin parar de frotrarse los ojos.
Cuenta la leyenda (no sé si es verdad pero me gustaría pensar que sí) que la película fue pensada, rodada, montada y estrenada apenas en tres meses, en mitad de la pos producción de "Ashes of Time" (que por cierto vi también este verano en los cines de Madrid).
Poco tiempo y mucha magia.
Así sí.
Won Kar-Wai ha seguido -más o menos- en su línea.
Películas maravillosas como "In the mood for love" o la reciente "My blueberry nights" nada tienen que envidiarle, pero yo me quedo con "Chungking Express" sin saber muy bien por qué, por el encanto y la sorpresa de la primera vez, por el difícilmente inigualable personaje de la camarera, por la repetición una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez de la canción California Dreamin' de "The Mamas & the Papas" o por la primera frase que se escucha en la película, y que aún hoy retumba en mis oídos:
"En el punto más cercano de nuestra intimidad, estuvimos sólo a 0,01 cm el uno del otro. Dos horas más tarde, me enamoré de esa mujer..."
No dejéis de verla.
Sergio nos la volvió a regalar en el ciclo de cine de la Escuela de Arte, y no envejecen las emociones transmitidas, la curiosidad y la esperanza escondidas en cada fotograma.
De algún modo todos esperamos que nos valga ese billete lavado que nos lleve a ningún sitio. O tal vez a California.
De algún modo, ahora que las veo, pienso que estas fotografías muestran a las claras el concepto básico que subyace en mi trabajo, y que se podría resumir en la siguiente frase:
Soy un cutre, pero resultón.
El caso es que quise hacer un experimento (por probar, por ver, por jugar, por pasar el tiempo) e intenté realizar unas fotografías panorámicas de 360 grados de las distintas aulas, talleres y espacios de la Escuela de Arte Miguel Marmolejo de Melilla.
Pero claro, no tenía ni cámara panorámica, ni trípode específico, ni nada.
Así que me puse, como siempre, a pelo, a ver cómo salía, a ver que tal con un aquí te pillo aquí te mato.
Efectivamente el resultado es irregular, pero como siempre me lo pasé bien haciéndolo y no le pido mucho más.
En sucesivas entregas intentaremos pulir algunos fallillos, pero sin pasarse, claro.
008) Porque ahora va a resultar que el encefalograma de Galileo era plano y la tierra no. ¡Vamos, hombre!
009) Porque si alguien, alguna vez (y eso está todavía por demostrar) hinchó el globo terráqueo, a estas alturas, con siglos y siglos a nuestras espaldas, ya estaría deshinchado de nuevo.
010) Porque si no Mondrian de qué.
011)Porque sólo podía haber un planeta redondo y en la rifa le tocó a Saturno, que tenía el papelito con el número cuatro.
012) Porque plano tiene menos letras que redondo.
013) Porque el apellido de Galileo, Galilei, da una risa que te cagas.
Así como para tomárselo en serio...
014) Porque estaban Dios, Alá y Yaveh en un chiringuito de playa a eso de las siete y media de la tarde, decidiendo cómo iba a ser la tierra. Alá la quería redonda, a Dios le gustaba plana, y Yaveh, cabezón donde los haya, pensaba que lo suyo es que fuese cuadrada.
El mundo es un lugar rico en variedad y sensaciones. El mundo es un aleph, un crisol.
Inabarcable, inabordable, inmenso e infinito.
Pese a eso, como todo el mundo sabe, sólo hay dos clases de personas:
Los que baten el yogur antes de comerlo y los que hincan la cuchara directamente y lo toman compacto.
Tú, amigo lector, lo sabes muy bien.
O eres de un grupo o eres del otro.
No hay término medio...o casi...
Dentro de los dos grupos, los que tiene por costumbre batir el yogur son gente feliz, sin paliativos. ¡Viven felices aún sin saberlo!
Puede que lo muevan con la cuchara una vez abierto (tarea ardua, delicada y tenaz, hasta eliminar todos los grumos y conseguir esa textura tersa e inmaculada) o que lo agiten mientras está cerrado (acto catártico donde los haya y que nos retrotrae a Freud en la mayoría de los casos), pero ahí se acaba la historia.
Cogen el yogur, lo baten y se lo comen.
Y ya está.
Puede que la vida les regale un arco iris en cada cucharada o que su novia les dejase anteayer para irse a vivir con su mejor amiga, eso no viene al caso.
Lo baten y se lo comen.
Pero los que no lo baten...¡ay de los que no lo baten!
Ahí está el intríngulis...
Sin saber por qué siempre acaba apareciendo. No se busca, no se quiere, pero se presenta sin llamar.
Ella.
La duda.
La duda de si batir o no ese yogur de fresa...
Y la duda lo pasa mal. La duda lo pasa mal porque no sabe (está en su naturaleza). No sabe si batir o no, no sabe del por qué de su existencia, no sabe si como dicen todo era tan fácil antes de su aparición, y no entiende por qué viene al mundo para vivir tan poco rato (hasta la decisión final) y pasarlo tan mal en ese ínterin.
Vivir así no tiene sentido: ¡Bátalo o no, pero cómalo ya y acabe con mi sufrimiento! -parece decir la pobre-.
Pero el comensal de repente piensa: ¿y si no está lo suficientemente compacto? Entonces no sabe qué hacer. Y la duda, colgada de su espalda, espera que una simple cuchara, con un simple gesto, acabe con su vida.
Históricamente ha sido así.
Supuestamente no debería haber medias tintas pero siempre aparecen.
O lo bates o no lo bates, sí, pero que pasa si...
Por eso, en esos momentos en que surge la duda, el mundo entero con sus habitantes y con sus injusticias se conmueve y se estremece al unísono.
Argentina no durmió aquella noche del 78, Bill Watterson vive feliz en su elegido anonimato y en un cine de Cuenca, la próxima sesión de las 22:40 empezará a su hora.
Pero el mundo impertérrito se conmueve al unísono con una pequeña duda...
Es casi la única alegría que la duda de si batir o no un yogur de fresa se puede permitir. Saber que en apenas segundos, que durante su corta y mísera existencia, colgada de la incertidumbre de un cetrino a la espera del postre, ha podido ella sola conmover al mundo.